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24/8/09

Valiente mujer

“NO PARARÁ HASTA QUE ME MATE, el hijo de puta.” Treinta y cinco años con un asesino en potencia y un asesino a diario. Matando ilusiones y entrega a cañonazos, con el puño cobarde y ciego. Vistiéndole cada día de morado y salpicando de llanto su boca.


“Me ha dicho que no me dejará vivir tranquila, que no dejará de hacerme la vida imposible.” La vida imposible. Los días se le cierran en un apartamento pequeño y secreto, el lugar que nadie puede conocer, metida en una jaula que no puede abrir.

Valiente mujer que un día echó a correr hacia el otro lado, allá donde la libertad no se paga, lejos del monstruo, dejando convertido en un punto negro un montón de años que escuecen de sólo pensarlos.

“Y nadie nunca me dijo nada. Y yo no veía nada, pero es que nadie me avisó ni me dijo nada. Qué ciega, qué ciega...”

Y qué cobarde el que te vio y fue mudo todos esos años, y qué valiente mujer has sido que has metido tu orgullo libre en el bolso y te has marchado, cerrando de un portazo tantos años rotos a cachos, cuánto mundo te debe el mundo.

“Mi vida la hago de noche, salgo a tender y a recoger la ropa de noche, las cortinas siempre echadas, las salidas limitadas. Él podría verme, podría aparecer en cualquier momento, y me dijo que me...”

“En el juicio no me han dejado hablar... Es que dice que han cambiado las leyes... No he podido decirles lo de las palizas... Y ahora a esperar, a ver si me voy a poder separar, aunque él no quiera...” Sus palabras saben a odio seco, a odio duro y palpable, un odio que asusta y asombra.

El alejarse del monstruo parece cercano. Pero el deshacerse del miedo, ése que no descansa ni un minuto, el mismo que le hace ver su cara en cada ruido extraño, o cada vez que oye que alguien llama al ascensor, o cada vez que oye pasar un coche a lo lejos o al lado de su casa. El miedo invisible, que se mofa del que cree haberlo visto, ése no parece posible que desaparezca aún.

Y eso es ahora lo que más duele. Vivir, tranquila, sin temor a monstruos que llamen a la puerta y no le pidan permiso para quitárselo todo. Quién le dice a Carmen, a María, a Soledad, a Manuela, a Encarnación, a Dolores o a Pilar,... Quién le dice a tu vecina, esa señora menudita y amable, o a tu madre, siempre tan generosa, quién les dice que ya pasó todo, quién las va a salvar cuando aparezca el monstruo, qué más tienen que darle al que les ha querido quitar la alegría y no está loco. Porque no está loco. Y quiere matarlas. Y tampoco está encerrado; es, en todo caso, más libre que ellas.

Y mientras tanto, pasaré de puntillas por la vida, ésa que tú destrozaste, maldito criminal, y pasaré sin hacer ruido para que no te despiertes y me veas... y vengas a mí corriendo y me hundas la cabeza con un palo o me dibujes tu nombre en el estómago con saña y con ganas de verme de nuevo y al fin contigo, como tú, eso es, muerta.

Girona, 2004 o 2005

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