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24/8/09

Tres rositas rojas

ME GUSTAN LAS PLANTAS, pero sigo odiando los bichos. Insisto en tener plantas y he aprendido a matar bichos. Verdes, pequeños, con un montón de patas y tan insistentes como yo. Mi madre que tanto me quiere y que tan poco me entiende también insiste en regalarme rosales diminutos cada primavera, y ya van tres años. Rosales que no saben de poesía ni menos dónde se meten cuando se vienen conmigo. De hecho, sólo han florecido una vez, porque ya vinieron con sus flores puestas el día en que mi madre me los regaló. Lo han vuelto a hacer, esta semana. En pleno verano mareado y lleno de moscas equivocadas de estación y tan bobas como de costumbre.


Me he dado cuenta de que se dicen muchas cosas que son mentira pero, tal vez porque las “necesitamos” como ciertas, las proclamamos verdades. Sin vergüenza. Quizás para no tener que pensar mucho, para estar tranquilos e intranquilizarnos por una cosa menos. (Guárdame otro secreto: me parece que no hemos dado todavía con la finalidad de “pensar”: para mí que habría que hacerlo sólo cuando fuera necesario. Así nos perderíamos menos. Y nos encontraríamos más, que eso sí que es bueno).

La distancia que separa las verdades y las mentiras es mucha, como de mi balcón al suelo. Por cierto, tengo que salir más al balcón, se ve todo con otra perspectiva. Más lejos es obvio, menos grande también, pero el hecho de que se vea menos importante es un respiro. Coches de juguete vienen y van, humanitos cruzan por los pasos de cebra o por la esquina que más cerca les pille. Mirando o sin mirar los semáforos, según las prisas, la pereza o las cosas que tengan en mente; la luna engorda o adelgaza según le vaya la noche, y el aire baila según la hora que sea y los humos que lleve encima.

Mis plantas. Después de distintos cambios estratégicos de posición en diversos puntos de la terraza, finalmente han florecido. Conmigo, y con un puñado de calcaítos bichos verdes que resisten agarrados a sus tallos, tres rositas rojas. Preciosas. Un regalo por no tirar la toalla, le digo al soso bloque de al lado, sin bajar la guardia, con la jarra de agua en una mano y el insecticida cargado en la otra. Listo para disparar en cualquier momento.

“De vez en cuando la vida nos gasta una broma, y nos despertamos sin saber qué pasa…”. Me suena... sí, ya me acuerdo: había que teclear la palabra “calma”, suprimir la palabra “angustia”, subrayar esas palabras de los hermanos que son amigos y de los amigos que son hermanos. Volver a consultar nuestro libro de soluciones, y buscar, buscar, hasta encontrar. Para acabar, cruzar los dedos para no perder la cabeza o más años entre tanto lío y, por supuesto, saltarnos ese trozo de la canción.

Al final, por muchas lecturas, revisiones, correcciones y anotaciones que de tus pasitos, pisotones, zancadas y torceduras de tobillo lleven a cabo tus seres queridos o despedidos, sólo de ti depende que tu historia vaya hacia una dirección u otra. (O no vaya, como pasa en la mayoría de historias ancladas en el Mundo de lo No Dicho). Y en eso sí que estamos solos. Es una soledad serena, a través de la que podemos ver, elegir, y ser más fuertes.

Y sí, yo también me quedo con un beso que quisiste dar y diste, me quedo con una mano que insistió en coger y no soltar tu mano y, sin decir nada que ensuciara el buen agua del momento, hiciera que te olvidaras de todos los bichos verdes, guardaras el insecticida y durmieras de un tirón toda la noche. Oye, si eso fue una tregua, para ti un manojo de gracias soleadas.


Girona, 20 de julio de 2008

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