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24/8/09

Menka

EL DÍA QUE A CARME LE CAMBIÓ LA VIDA empezó como cualquier otro. Se levantó sin necesidad de oír sonar el despertador, se puso el batín celeste y lleno de bolitas y se fue directa al baño. Orinó, como lo hacen las vacas, que parece que tengan mucha prisa o mucho pis. Aunque, antes, refunfuñó “qué fría es la porcelana, madre”. Luego sonrió. Siempre que hacía pis sonreía. Aunque eso sólo lo sabían ella y las baldosas verde pistacho que le quedaban justo en frente. “¡Ay, si las baldosas hablaran!”


Nunca se duchaba por la mañana, prefería hacerlo bien entrada la tarde. Se lavó los dientes, después la cara. Usaba el jabón de toda la vida, porque le dejaba el rostro brillante aunque un poco acartonado. Mientras se ponía la crema antiarrugas, ésa que los días de más calor le dejaba pringosa la frente pero que tan bien olía, se miraba de reojo en el espejo. Nunca le había gustado demasiado su nariz, y con los años todavía menos. “Ahí sigue la muy perra, cada día más grande.”
Se tomó una taza de leche con unas gotas de café y tres cucharadas de azúcar y una tostada con aceite mientras escuchaba las noticias en la tele. “Uno empieza el día de mala gana, cuando busca la realidad”, pensaba. Pero no cambiaba el canal, porque acababan de decir que por fin habían encontrado el cuerpo sin vida de la pequeña Sabrina, entre unos matorrales, e iban a ofrecer en directo las primeras declaraciones de la familia. Había un detenido, el primo hermano de la cría, soltero, de treinta y ocho años. Luego sí. Cuando la madre de la niña parecía que ya había acabado de responder a las preguntas de unos micros que parecían hienas. Más que nada porque la mujer se había desmayado. “¿Has grabado eso?”. Luego sí se sentía como si ella tuviera algo de culpa, “¿qué necesidad tengo de ver esto?”. Pero no antes.

Realidad apestosa aparte, el día que a Carme le cambió la vida bajó por el enclenque ascensor de su edificio a las 8.30 AM. A esa hora solía coincidir con los jovencitos del octavo, esos chicos tan majos pero que no se peinaban ni que les obligaran. Así fue también ese día. Con dos únicas diferencias: no dejaron de reír desde que Carmen dijo “buenos días”, en el sexto, hasta que Carme dijo “adiós”, ya en la planta baja. Por primera vez, salieron antes que ella. De hecho tuvo que esperar a que, entre empujones y cachondeo, se decidieran “de una puñetera vez a salir, que vale ya con tanta bromita”. Tal desbarajuste agotó el tiempo que tarda el ascensor en cerrar de nuevo sus puertas, en el momento exacto en que la mujer ponía de lleno su cara encremada con la actitud de hacer lo propio. El bolso se le cayó al suelo, del porrazo, como también lo hizo su culo. Su perra nariz, rabiando, aguantó el golpe. Porque “que tú no me quieras no significa que yo no sea buena”.

Tardó en reaccionar varios segundos. Acto seguido, todavía aturdida, procedió a reconocerse. El trasero, sólo ligeramente dolorido, gracias al acolchado modelo galletitas y demás bollería de la merendola diaria. El momento delicado, intentar hacer las paces con su nariz previo torpe toqueteo. “Esto no va a ser fácil.” Como cuando intuyes que no eres bien recibido, o no tienes ni idea de cómo acercarte a alguien a quien no has tocado nunca porque “ni falta que me ha hecho”.

“Hay qué ver la de tonterías que lleva una en el bolso”. Y cómo no, alguna que otra sorpresa: vivan las sorpresas aunque nos sirvan para cerciorarnos de que estábamos equivocados. “¡Míralo! El dedal de plata de la prima Rafi, con la de veces que me lo pidió y que yo le perjuré que ya se lo había dado… porque mira que llega a ser pesada, aunque sea mi prima… la pobre. ¿Y eso? ¿Eso estaba en mi bolso?”

“Eso” era un cigarrillo raro, más fino y mal hecho, no de los que venden en las máquinas de tabaco, que esos salen todos iguales y metidos en su cajita bien puestos… “¡Eso es droga!”. La primera reacción, tirarlo: “¡Fuera, fuera!”, contra el espejo. Lo siguiente fue ver cómo rebotaba y se colaba en un santiamén en el bolso. Como se tira un niño sin miedo a la piscina: con muchas ganas y como si sólo pudiera hacerlo una vez.

Ante lo visto y extrañamente excitada, Carme, de manera excepcional, se miró en el espejo, buscando respuestas: “¿tú has visto lo mismo que yo?”. De frente, por cierto, su nariz no era tan grande. “Muy bien, esa cosita se viene conmigo”. Y así fue. A la de tres, se levantó, se atusó el pelo y salió del ascensor. Era martes y en el mercado ya debían estar más que puestas las paradas.


Girona, 18 de junio de 2009

3 comentarios:

  1. Me gustan mucho estos últimos relatos, Eva. No solo son buenos 'en bloque' (más allá de una frase buena o una comparación divertida), sino que se empiezan a engarzar, a coordinar de una forma ordenada. Esto lleva a un libro, chica. Enhorabuena.

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  2. ets com una petita bruixa...

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  3. Por culpa de Mario, que me ha liado, he llegado hasta aquí y ya que estoy pues pienso leer hasta donde aguante, de momento eso de “perra” nariz me gusta, seguiré descendiendo hasta lo más profundo de tu blog, deséame suerte.

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