Cómo se come


PARA DELIA, EL DÍA ACABABA mucho más tarde que para los demás. Compaginaba los estudios con el trabajo, así que le tocaba ir a la oficina por la noche a recuperar horas. Ya de madrugada, volvía a paso rápido a casa. No quedaba demasiado lejos, pero no se entretenía, como gustaba hacer cuando recorría la ciudad. Así que sólo descubría el final intocable de los edificios cuando todavía había claridad.


Aquel día había llovido mucho. Los truenos, relámpagos y demás literatura romántica la habían pillado tecleando listados de altas y bajas en el ordenador. Mientras éste echaba humo, ella pensaba en lo que no tenía tiempo de hacer y más deseaba. Dormir hasta aburrirse, ver muchas películas, mirar por la ventana, cerrar los ojos y encontrar un final para su último relato. Quitarse el sujetador y tener exactamente la misma cantidad de pecho, atreverse a tocar la más bonita panza embarazada, decir lo que pensaba de verdad y partirse de risa, insultar a alguien a grito pelao, besar su boca caótica, cambiar de cerebro... Las 02.43 horas. “Mierda, ¡qué tarde es!”

Después de haberse fumado todos los cigarros que le cabían en cinco horas, le empezaba a doler la cabeza. A su izquierda, un montón de papeles con dientes amarillos le recordaron que no había terminado aún. Sin embargo, guardó su última línea y apartó la vista del ordenador. Ordenó la mesa, embutió enseres varios en su bolsa, bebió agua, apagó las luces y salió del despacho.

Chispeaba. Empezó a caminar calle abajo. Ni un alma. Ni los de la basura, ni una pareja metiéndose mano en un banco del parque, ni un gato flaco debajo de un coche. Ni un borracho, un guiri despistado o un sonámbulo. Lo normal de un domingo gironí.

Hora de llegada: 02.54 horas. A escasos metros de su destino, observó luz en el portal. Porque la puerta que separa su casa de la calle es mitad madera mitad cristal. La mitad de todo se ve. Hasta la luz. Las sombras.

Delia no se caracterizaba por ser una obsesionada de nada en particular a excepción de lo que no se podía contar, y no tenía más que una incipiente jaqueca cuando vio la luz encendida. Segundos después, cambiaría de opinión. Una cara, unida a un cuerpo que no era amigo y que nunca hablaba con nadie, se balanceaba tras la puerta. Mirando hacia el enorme espejo que da la bienvenida tras la casapuerta. O que te recuerda quién eres. O te pregunta quién eres. “Vivan los sinvergüenzas que no temen preguntar”, posiblemente hubiera exclamado si no le pesara tanto el cansancio.

El bloque de pisos es viejo. El tiempo que tarda el ascensor modelo Psicosis en llegar, tras accionar el botón correspondiente, excesivo. El ático, planta donde vive Delia, obviamente excelso. El susto que se pega la chica ante la figura tambaleante también es eminente. Entonces, tiene miedo.

Ya no se acordaba del miedo. Antes de que hable, Delia le tapa la boca. “No, no me ha hecho nada. Ni siquiera se inmuta cuando alguien pasa por su lado. Pero no parece de este mundo, aunque este mundo esté lleno de locos.”

¿Cómo se come el miedo? Hincándole el cuchillo primero.

A la mañana siguiente, los chillidos de su compañera de piso la despertaron. Resulta curioso que, en un bloque donde viven como mínimo trece personas, la primera que tenga la necesidad de salir de él sea Ana. Ana, en chándal, dispuesta para ir al gimnasio. Ana y sus gritos, Ana y su boca desencajada, Ana y sus manos heladas, Ana y su ojos perdidos.

Uno piensa que es incapaz de hacer algo, pero es mentira. Delia no sabía que podía clavarle tres veces la llave de casa de su abuela en el cuello a alguien y pudo hacerlo. Alguien mucho más alto y corpulento que ella. Tampoco sabía que podía subir a su piso, toda llena de sangre, y darse una ducha. Secarse la melena porque no es bueno irse a dormir con el pelo mojado: hay riesgo de pillar un resfriado. Poner la ropa manchada en una bolsa de basura y guardarla debajo de la pica, en el lavadero. Enfundarse en el pijama limpio y meterse en la cama. Leer un rato sobre pedagogía y arte, porque le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Ella no lo sabía.

El corazón, que a punto estuvo de salirle por la boca, desistió tras un vaso de leche y varios cigarros. Sus manos dejaron de temblar en algo más de una hora. La mente, en blanco: “al menos ahora miénteme, por Dios”, fue lo último que dijo con sentido. Tras aquel domingo, Delia no volvió a tener miedo. Al menos, no de otros.




Girona, 18 de abril de 2009

Comentarios

  1. ¿? No será verdad! Pues lo parece!

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  2. losabrazosquemefaltan25/8/09 00:11

    Impresionante. Es difícil que con todo lo que hoy en día se puede leer, todavía queden relatos que te dejan K.O. Gracias!

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  3. molt bo Eva!

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  4. Evitalios... o no! Si Sara, ligera de cascos, se cambia el nombre por Ana, y a ésta le gusta Pedro... pero Pedro va a su ritmo... en fin! que mola mucho como escribes!

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  5. Cuando te vea de noche no pienso acercarme. En serio!

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