Malos


SI ALGO TENGO CLARO, es que sé de qué no quiero escribir. Por varias razones, como puede ser que no tenga ni puñetera idea del tema o bien que no crea que éste merezca ser escrito. Pero hoy, que sumo ya varios (que no muchos) días grises y aladrillados a mi alrededor y también algo más cerca, me voy a saltar alegremente (apréciese la ironía, por favor) lo primero que he dicho. Porque vale ya de joder a gente buena, voy a hablar de los malos.


Los malos son aquellas personas que no hacen el bien, porque no son conscientes de su valor o bien porque éste les suda un pijo. De un egoísmo muy superior al de la media, se trata de tipos o tipas que necesitan constantemente de los demás. Una vez se “han hecho con ellos”, no los sueltan hasta que los convierten en alguien con cabeza para pensar, ojos para ver, piernas para salir corriendo, boca para decir “que te aguante tu madre. Ah, no, que tu madre también piensa que eres un/a gilipollas” pero con el ánimo del tamaño y categoría de un moco.

No voy a entrar en analizar el por qué de esa manera rastrera de tocar la moral a la gente, aunque a día de hoy creo que no se entiende más allá del hecho siguiente: hay personas malas (unas veces, además, malas y tontas, porque las hay que no saben que lo son; otras veces, malas y listas, estas sí que lo saben, cum laude en “vamos a contar mentiras”). Lo han sido siempre y no dejarán de serlo por mucho que ingenuos o ingenuas como tú, como yo o como él —dispuestos a creer— pretendan iluminarles para que cojan el buen camino. El único camino que conocen es el suyo y no lleva muy lejos.

¿Escogen? No lo sé. Pero suelen acertar. Tras gastar un breve período de tiempo en engatusar a los desafortunados a quienes acabarán por enamorar, en el sentido más amplio de la palabra o en el más literal, mostrarán su lado más sincero. Fin de nuestra paz interior.

¿Qué se puede hacer cuando alguien así nos la cuela? Darnos cuenta, ya sea por mérito propio o gracias al regalo de una lengua noble. Huir de él. Borrarlo de nuestro mapa. Eliminarlo de la memoria, que de tonta no tiene un pelo, porque somos nosotros quienes elegimos de qué nos queremos acordar. Obligarnos a ver y agarrarnos a lo bueno, a los buenos, a los que van de frente hasta cuando están cagados de miedo. A esta vida llena de tropezones que a diario hay que aliñar con sal y pimienta o azúcar o canela o lo que tú necesites para que te llene, te baste y te haga eructar. A la risa, a la tranquilidad, al “ahora mismo no necesito nada más, qué bien estoy así, aquí, contigo o con nadie”.

¿El rencor? No nos va a ayudar a hacer las paces con el sueño, más bien todo lo contrario. Así que no nos vale, no, tampoco para esta ocasión. Sí, yo también creo que el rencor es una de esas palabras que sólo hace a las personas más infelices, más pequeñitas y más gruñonas.

¿Entonces? Nos queda todo lo demás. Esa familia que seguramente desconozca el significado de “eufemismo”, pero cuyas lecciones son motivo de consulta una y otra vez. Esos amigos y amigas impagables e incondicionales, que perdonan hasta que nos repitamos más que el ajo o el chorizo, el pepino o la cebolla. Ese abrazo del que no saldríamos ni para comprar tabaco. Esa nueva ilusión, porque si algo tienen las ilusiones es que, aunque sean algo caras de ver, nos esperan impacientes en cualquier esquina, proyecto, mirada, punto suspensivo, mueca, silencio, caricia o pisotón. Son como el sol. No siempre lo vemos pero eso no significa que se haya ido. Ese viaje por otros mundos y otros ojos que nos ofrece una canción redonda sin discográfica, un libro del que no nos podemos despegar, una película en la que también nosotros volamos. Esas sonrisas que, sin esperar nada a cambio, regalan personas desconocidas y amables. O personas acabadas de conocer e igual de amables. Esa perspectiva rica que nos da el tiempo que, aunque se las da de divo y tenga la manía de hacerse rogar, en el fondo es un gran tipo, de esos que nunca fallan. Vamos, un amigo.

Para More.
Girona, 20 de enero de 2010

Comentarios

  1. A mí lo que se me repite es el pimiento! Un consejo: nunca... NUNCA, mezclar con lambrusco.
    Genial el texto, Eva! Como todos.
    Un besazo! y cuídate de los malor! ;)

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  2. Gracias, LadyCactus! Me anoto tu sugerencia... ¡otro besazo para ti!

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  3. Eva yo pensaba que los malos eran los que siempre perdían y los buenos los que normalmente ganaban…
    Hay buenos que no desmerecen en tontería a los malos, y habiendo malos listos, hay menos listos buenos de los que debería.

    Y me quedo tan tranquilo :)
    Saludos.

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