Ojalá


ESA MAÑANA, LEO SE LEVANTÓ ALGO MÁS PRONTO, hacia las 7.30. Se dio una ducha con agua caliente para entrar en calor porque tenía los pies helados. Luego se vistió. Pantalón de pinzas, camiseta imperio, camisa y, tras dudar unos segundos, corbata azulada. Ya en la cocina, preparó café. Buscó en el armario algún bollo que no estuviera muy duro y pudiera hincarle el diente. “¿Que ya están caducados?”, refunfuñó. “Si los compré… los compré…” Finalmente, se decidió por unas galletas María.


Entró en el comedor a oscuras con una taza de café en la mano. Subió las persianas, corrió las cortinas. Abrió la puerta de la terraza. Solía airear el piso cada mañana, tal y como su madre le había aconsejado. Se sentó en la mesa principal de la amplia habitación y encendió el portátil. Buscó en “favoritos” la página del Diario del Día y, mientras mordisqueaba como un ratoncito una galleta, sus ojos se detuvieron: “Una pareja muere el mismo día en distintos accidentes.” “Joder, eso sí que es amor”, se dijo. Entonces le vino a la cabeza el rostro de Elvira, algo que le indignó.

Un detalle es suficiente para volver al pasado. Una sutilidad que nos recuerda qué vulnerables somos, qué malos seleccionando recuerdos y qué lentos, a veces, olvidando. Leyó con ansia, para llenar su cabeza con una desgracia que no fuera la suya.
Simonetta Moreti, joven siciliana de 27 años, perdió la vida el pasado 14 de marzo a las 10 de la mañana hora local, cuando el turismo que conducía se salió de la calzada por circunstancias que todavía hoy se desconocen. Por su parte, el abogado Piero del Monte, de 24 años, falleció en el acto el mismo día, a las 11.10 horas cuando, y debido a fuerte viento que azota la provincia desde principios de semana, se vio sorprendido por el derrumbamiento de un muro de hormigón cuando se dirigía al juzgado del pequeño pueblo de Pacientia. La pareja planeaba casarse el próximo mes de abril.

“Abogado, como yo.” Miró por la ventana. Ahí estaba el fresco del otoño, venga a esparcir hojas por todo el suelo. “Qué poco me gusta el frío”. Elvira, ese nombre que todo lo ocupaba, en el mismo sitio. Más indignado si cabe, porque la mujer no duró en su vida físicamente hablando más de unos meses aunque parecía que hiciera toda una vida (no había rincón en que no se chocara con un motivo para pensar en ella), buscó la sección de horóscopos. Cáncer. “Anda, dame una alegría.” Una vez leído, cerró el portátil con cuidado. Y se quedó quieto, mirada clavada en la pared sosa y sucia, masticando. “Ojalá.”

Bufanda, guantes, gorro. Era muy friolero y, a la que se despistaba, sumaba un nuevo resfriado. Su amigo Lolo le decía a menudo: “tío, es peor el remedio que la enfermedad”. “Yo al menos intento poner remedios a los problemas, inútil”, se sorprendió pensando mientras fruncía el ceño sin querer. Cerró la puerta, echó la llave. “¿Eso he dicho yo?”. Quería mucho a su amigo Lolo, la de tardes cerveceras que habían compartido, la de veces que apoyó su cabeza en el hombro de su amigo, la de abrazos apretaos que se habían dado… “Un inútil, vamos.” Bajó aprisa los escalones, medio asustado por sus propias palabras.

“Buenos días, señor Barceló”, le oyó decir a Maruja, la amable vecina del segundo C, con la que solía coincidir en el rellano. “Cambie de colonia, vieja cacatúa, que eso que se echa quita el hambre”, le espetó. La cara de espanto de la señora fue importante. Su segunda reacción, varios improperios que a Leo no le dio tiempo a escuchar. Un portazo le separó del primer insulto del día. Ya en la calle, no le cambió el gesto, aunque dentro de sí se empezó asustar. “¿Pero esto qué es?”

Las 9 menos dos minutos. Hora de llegada a la oficina. Marcela, su jefa, esperándole en la puerta. Inteligente mujer pero no por ello admirable que, apurando la mediana edad, tiene dos chinchetas como ojos. “Qué tal, Barceló, bonita corbata. Te he dejado encima de la mesa los documentos que necesitabas para la memoria. Por cierto, ¿a ti te suena la palabra ‘orden’?”. En acabar, taconeando satisfecha, y moviendo el trasero más de la cuenta, pretendió perderse por el pasillo. La paró un grito: “Oye, ya sé que después de ir a la peluquería da rabia lavarse el pelo, pero es que de eso ya hace una semana… No sé cómo lo verás tú, pero yo lo veo sucio. Ah, por cierto, en otro ‘orden’ de cosas, ¿recuerdas que llevo tiempo insistiéndote sobre lo del aumento? No lo alargaremos más. Me largo. No soporto tu cara de tiburón sin dientes.”

Qué cara se le puede quedar a un superior cuando oye algo así. Exactamente la misma cara que se le quedó a Leo. La misma que se les quedó al resto de compañeros de oficina. Por increíble que parezca, la sorpresa fue compartida. Tras la sincera declaración de intenciones, Leo se dirigió a su mesa. Un montón de papeles que se habían tomado en serio lo del otoño se amontonaban, felices, unos encima de otros. Sus manos, sudorosas, ahora también temblaban. “Es que las mujeres, en cuanto les crece el culo, pierden vista”, sentenció. Su ceño fruncido dejó paso a una media sonrisa que se la acabó tragando una carcajada.

No tardó más de dos minutos en recoger sus pertenencias: la foto de Lila, una moto de gran cilindrada que nunca se había podido comprar y que era motivo de mofa entre sus colegas del despacho: “ya me dirás tú quién enmarca algo así”, solían reprocharle. Los mismos que en ese momento le miraban con la boca abierta. Una agenda de piel herencia de su abuelo Demetrio, un cactus enano. Un paraguas gris. No robó ni un folio, no rompió nada. “Este sitio me da grima. Y a vosotros (dirigiéndose a sus compañeros), panda de lechuzos, que os den morcilla. Yo me voy a Argentina.”

Una vez en la calle, se sintió liberado. Como nunca. Capaz de todo. Hasta de volar. Toda la vida había tenido pánico a la sola posibilidad de imaginarse subido en un avión. “Es como si yo ya no fuera yo”, pensó, medio abrumado, medio agradecido. Caminó durante unos minutos, calle abajo. Llegó hasta un parque. A esa hora todavía no estaba a rebosar de niños. Como mucho, algún viejo cebador de palomas y un grupo de chavales fumando sin parar. Buscó un banco que no estuviera lleno de cagadas y allí se sentó. “Argentina, voy a ir a Argentina. Recorreré el país en moto. Allí escribiré mi libro”, se sorprendió diciendo. Desde joven escribía, pero nunca reunió el valor para confiar en que podía ser bueno, decidirse a luchar por ello. Lo de la moto era una de esas ilusiones que, si bien podía permitirse, no había llegado a materializar. No entendía porqué todo eso le venía a la mente ahora.

Cerca del banco más limpio, una muchacha de pelo corto y un crío de unos tres años reían en los columpios. “Qué bonita es. Se parece…, se parece… ¡no se parece a nadie!", exclamó dando un brinco mientras se dirigía hacia ellos. “Perdone que la moleste: la he visto y no me he podido resistir. ¿Le importa que les acompañe? Me llamo Leo. Pensará que es una locura pero mi horóscopo de hoy decía ‘No te preocupes de lo que piensen los demás. Haz lo que realmente te apetezca’. ¿Conoce usted Argentina, señorita…?” “Simonetta, Simonetta Moreti”, respondió ella, divertida por el atrevimiento. “Claro que conozco Argentina, nací allí.”

Girona, 22 de noviembre de 2009

Comentarios

  1. Ya lo decía yo, la pagina del horóscopo deberían quitarla de los diarios, luego pasa lo que pasa, la gente se los toma demasiado en serio, y venga pa Argentina.

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