Luego


NO CAYÓ A LA PRIMERA. Núria insistía y ella miró por si hubiera alguien conocido entre el grupo de chicos que señalaba su amiga. Resolvió pronto.

— No los conozco. Está bien este sitio, y la música, deberíamos venir más a este local.
— Sí, está muy guay, pero no conozco a nadie, aparte de Joel. ¿Os habéis visto? Antes me preguntó por ti. En serio, Alba, esos tíos llevan un buen rato mirando hacia aquí. ¿Se están riendo?
— No sé, Núria, quizás esperan a alguien. O tienes un moco del tamaño de una albóndiga… Anda, no te ralles. No, no lo he visto. Venga, cuéntame, ¿qué tal fue la entrevista? ¿Cuándo sabrás algo?
— Joder, ¿y qué miran tanto? Bien, la entrevista fue bien… El curro es genial, son gente seria, hacen cosas muy chulas. Buf, sería… ¡La leche, el alto viene hacia aquí! Qué guapo, ¿no?
— Seguro que te llaman… y, si no, llama tú. Madre mía, ¡sí que va doblao!
— Ja, ja, ja…, ¡qué dices! ¡Me encanta!
— Qué loca... Oye, voy a comprar tabaco, y ver si encuentro a Joel, ¡te veo luego!

Un rato después, las dos amigas vuelven a encontrarse. Alba sonríe más de la cuenta. Núria, con cara de pocos amigos. O de ninguno.
— Rubia, ¿qué le has hecho al guaperas, te lo has comido?
— ¡Alba!, estás aquí, ¡me tenías preocupada!
— Estaba con Joel… ¿Qué ha pasado?
— Vámonos de aquí. Me repugna este sitio.
Alba repite mentalmente, tres veces: “Repugna”. Luego cayó.


Alba y Robert se conocieron en un pasillo. Muerta de sueño y en ayunas, hacía casi dos horas que Alba andaba arriba y abajo por allí, al igual que él, y se habían cruzado varias veces. Era el único tipo de blanco que había visto, así que tenía que ser él.
— Hola Alba. Soy Robert, el enfermero. Si quieres acompañarme...
— Claro.
— Como te habrá explicado la doctora, yo te haré los análisis y el electro.
— Sí, me lo ha dicho.
— Es por aquí.
Llegaron a una habitación no demasiado grande, en la que convivían con desgana tres camas separadas por cortinas, un mobiliario rancio, varias máquinas y, al fondo, un viejo sillón de escay marrón.
— Siéntate, Alba, y súbete la manga del jersey.
—¿Me lo quito?
— No es necesario, lo primero que voy a hacer es tomarte la presión.
— Vale.
— Lo haré tres veces.
— ¿Y eso?
— Por lo del nerviosismo. Se supone que a la tercera vez uno estará ya más calmado. (Al cabo de unos minutos) — Muy bien, ahora…
— Ahora me vas a pinchar.
—¿Te mareas?
— No voy a desmayarme, es sólo que no me gusta.
— No te preocupes, con ésta será la tercera vez que lo haga hoy. Si te mareas, puedes estirarte en la cama.
— No, gracias, pero no me pinches en la muñeca.
— Eso como último recurso. Déjame ver… (le coge el brazo, con ambas manos). Lo decía porque luego tendrás que estirarte, para el electro.
— Aquí estoy bien. (Gira la cara. Un triste mueble. La pared celeste. Un poster gris con letras blancas, que no lee por pereza. Le pican los ojos. Resopla).
—¿Quieres que te avise cuando te vaya a pinchar?
— No.
— De acuerdo. Entoces, allá voy… (empuña la jeringa) ¿Te duele?
— No.
— Otro más y ya estará. (Coloca el último de varios tubitos rojo fascinante sobre una especie de estantería con patas.) Ahora voy a ponerte un apósito. Déjatelo puesto unos minutos (Tapa la zona del pinchazo con un esparadrapo y una nuez de algodón). ¿Estás mareada?
— No, responde, mientras ve cómo el “apósito” les ha salido rebelde.
— Muy bien, Alba. Ahora ya puedes desvestirte. Sólo la parte de arriba. Quítate también todo lo metálico que lleves encima, en los bolsillos… y el cinturón.
—¿El sujetador?
— Si es de los que llevan aros, sí. Voy a retirarme, esperaré tras la cortina. Cuando estés preparada, estírate. Si lo prefieres, puedes taparte con esto (señala una especie de paño o esterilla o cosa cuadrada y algo arrugada que hay sobre la cama).
— No te preocupes, no me molesta.
Cuando su espalda desnuda toca las sábanas siente un escalofrío y cómo se le eriza la piel. Mira el pretendiente cuadrado que está ahí para salvarla y lo aparta con los pies, casi con desprecio. El techo es alto, parte de la pintura está valorando si se despega o no. “Tírate, que te quiten lo volado.” Robert aparece a los pocos segundos y se coloca entre una máquina (cuyo nombre necesita dieciocho letras para ser dicho y que parece sacada de una película de ciencia ficción mala) y la cama. Del aparato salen un montón de cables. La distancia entre ambos es ridícula. Él parece un gigante y ella una mariquita. Alba se acuerda entonces del día que vio “A los que aman” desde la primera fila en el cine y del hartón de reír que se pegaron.
“Tiene las tetas bonitas”, piensa Robert. “¿Me está mirando las tetas?”, piensa Alba.
— Te voy a poner unas cintas adhesivas en diferentes partes del cuerpo. Después los electrodos.
En la base del pecho izquierdo y rodeándolo, Robert coloca adhesivos. Con delicadeza y lentamente, continua pegando cintas, presionando las gomas azul marino en la piel rosada de la muchacha que, a cada presión de sus dedos, se torna blanca durante unas décimas de segundo. Definitivamente, es una mariquita. Entonces Alba observa, por primera vez, su boca. “Era muy guapo el enfermero”, apuntará su madre más tarde. Es alto, tiene el pelo negro. Gafas de pasta. “Fuma”, responderá ella. La sensación de tenerlo tan cerca le repugna.
— Ya está. Esto no te va a doler, pero no debes moverte.
— De acuerdo.
El enfermero aprieta uno o más botones. En pocos segundos sale un papel de la máquina. — Imprimiré dos informes, para darte uno a ti… Perfecto, esto ya está. (Vuelve a mirarle las tetas.) Te quito los adhesivos y podrás levantarte.
(“Otra vez”). Alba empieza a quitarse los adhesivos. —¿Me puedo vestir?
— Sí. Yo vuelvo en seguida.
Ella se levanta y busca el sujetador, que está debajo de la camiseta, que está debajo del jersey. Se lo está abrochando cuando vuelve Robert. A escasos metros de la muchacha, se detiene y espera inmóvil, como si no tuviera nada mejor que hacer.
—¿No eres de aquí, verdad?
— Ni de aquí ni de allí.
— Lo digo por el acento.
— Sí, me suelen preguntar si soy de Barcelona, pero no.
— Yo tampoco soy de aquí. Bueno, soy de cerca, de Tarragona.
—¿Ya estamos?, dice Alba, clavando la frase en el silencio que el chico hubiera necesitado para enlazar otra frase.
— No, reacciona Robert. Todavía no. Si me acompañas, tengo que pesarte. Luego habremos acabado.
Alba repite mentalmente: “Luego”. —¿También lo harás tres veces? (Robert la mira, parece sorprendido.)— Lo digo por los nervios, añade (y piensa: “tú me has mirado las tetas, yo te tomo el pelo”).
— No, sólo tenemos que pesarte una vez, pluraliza él, con un tono de voz distinto.

Recorren de nuevo el pasillo, en sentido contrario, uno al lado del otro. Ella retrasa el paso, él también. (“Es que yo no sé adónde voy”, dice para sí Alba.) El chico se detiene ante la penúltima puerta. Otra habitación. Ésta mucho más grande. No hay camas. Dentro, tres enfermeras y dos mujeres de mediana edad. Los de blanco se saludan como por inercia. Alba piensa en un café con leche entre sus manos, en sus uñas cuadradas toqueteando la taza caliente, clec, clec, clec, en un bocadillo de queso o de jamón. En leer el diario empezando por lo que alguien puso al final a conciencia.
— A ver… 59. Perfecto. Sin ropa… 57. Ahora, no te muevas Alba, voy a medirte. Un momento… 1,69… 1,70… no: 1,69.
— Es 1,67.
— Bueno, eso sin ropa.
— No. Eso sin zapatos. Robert.
Alba sale de la habitación, del pasillo, del ascensor, del edificio. Hace frío. Llueve con ganas. Abre el paraguas. (“Deja que pasemos, sin miedo.”)
— Vamos a desayunar. Un café con leche bien calentito y un bocadillo, propone su madre.
— Y luego un cigarro, añade ella, sobornándola con un beso. Gigante.


Girona, 6 de marzo de 2010

Comentarios

  1. Me encanta lo minuciosa que eres! los detalles siempre son lo más bonito!! no sólo de los textos, sino de la vida en general...

    "rojo fascinante"
    "una nuez de algodón"
    "cuyo nombre necesita dieciocho letras para ser dicho"
    "En leer el diario empezando por lo que alguien puso al final a conciencia."

    me encanta! ^^

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  2. siento la intromision... a mi tambien me ha encantado!! =)
    chuano g.

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  3. Gracias, Cocolola! (aunque a veces una se pierde entre detalles...). Y a ti también, Chuano G., no es ninguna intromisión! Un abrazo.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Ai Eva... me has hecho pensar en la vez que fui al dermatólogo y éste se propuso analizar al detalle cada lunar de mi cuerpo...! >.<

    Espero que Alba, al final, se tire y le quiten lo "volado" :)

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