No me escucha nadie

Sí, sí, ya está aquí otra vez. Qué se habrá dejado, no han dado ni las doce… A ver si al final voy a tener razón: no está por lo que tiene que estar. ¿Pero tú has visto cómo lleva al marido? Hecho un pordiosero, así es como lo lleva. ¡Hay que ver qué poco cuidan algunas de sus maridos! Es que no hay por dónde cogerle. 

Encima, más de una noche, que yo lo he visto con este ojo que no me ha fallado en la vida, ni el otro tampoco pero es que me va mejor mirar con el ojo izquierdo por lo de la cadera, el pobre ha llegado a las tantas; y te digo más: ¡mareado! Como lo oyes. Si me he tenido que levantar y todo, que estaba viendo el debate ése que echan los martes y que está tan gracioso, estaban hablando de la crisis, que yo no me canso de decir que empezó el día en que dejaron de dar caramelos en los bancos, y mira que a José Luis le gusta poner la tele al máximo… Así eran los chocazos que se oían en la escalera; que parecía que le estuvieran pegando a alguien, virgen santísima. Lo que yo te diga, es que no podía ni subir los escalones, venga a darse porrazos: ¡qué valor dejar solo a un hombre así!

¿Y ella? Ella se ha pintado el pelo de rubia. Qué poco gusto tienen las que van de ricas. Muy impropio. Me da a mí que ésta no está muy bien de la cabeza tampoco. Porque digo yo, con el marido malo, porque ese hombre tiene cara de estar malo, ¡ni habla!, a una no le da tiempo ni de lavarse la cara. Que mi José Luis se partió la pierna jugando al fútbol el verano aquel que se hartó de llover y sé de lo que estoy hablando. Además, ese hombre está triste.

Se conoce que lo han jubilado antes de tiempo, que trabajaba de encargado en una empresa de coches y tenía una vida muy de viajar mucho a otras ciudades. De eso me he enterado por la Rosa, la del quiosco de la plaza. Pues figúrate, tendrá una depresión, que ahora quien más y quien menos  tiene alguna, porque tan mayor no es como para no poder trabajar.

Ahora, de ella bien poco se sabe. La ropa que lleva no es del mercado, eso te lo confirmo. Todas las mañanas sale a eso de las diez y media u once menos cuarto y no vuelve hasta por la tarde, cargada como una mula. Tiesa. Como si no supiera agacharse. Y digo yo, ¿quién le dará de comer a ese hombre?

Lavar, lavan poco, no tienes más que verlos, sucios como el rabo de un cochino. Dinero tienen que tener, porque el piso es de los grandes, no como el nuestro, y las luces no las apagan nunca. Sólo hace falta mirar el contador, cualquier día sale ardiendo.

Va a hacer un año que están aquí…, un año, ¿verdad José Luis?, y maldita la hora que se le ocurrió a la señora Paquita morirse de vieja, con lo buena que era y el poco ruido que daba. ¿Qué trae en el carro? ¿Extintores? ¿Eso explota, no? ¡José Luis! No, no estoy mirando por la mirilla, sí, ya tengo puesto el caldo en el fuego, claro que le he puesto gallina, he puesto de todo y de lo que se me ha ocurrido, no, no estoy hablando sola otra vez, estoy hablando contigo, hay que ver qué poca vergüenza estás hecho y cómo te gusta tirarme de la lengua… ¡Extintores!, ¡para que exploten y nosotros con ellos!

Porque no podemos gastar, que si no llamo ahora mismo a la policía y a los bomberos y a la guardia civil para que vengan y la detengan, por terrorista. Y por guarra. Que no, José Luis, que no estoy llamando a nadie, a puntito he estado porque cualquier día salimos en las noticias por culpa de ésta… ¿Y ese saco? Ahí por lo menos cabe un muerto. Fíjate, es que ni puede con él, pero ¿qué lleva dentro?

Eso es lo que mete a diario en el piso. Cada día huele más a rancio la escalera y la peste no se va ni con amoniaco, que ya es decir. Aburrida me tiene… ¡Y no se te ocurra echarle en cara nada! Hará dos lunes me crucé con ella en el rellano, y para qué dije mu. Se puso como una fiera. Que ella en su casa y yo en la mía, que dejara de espiarla en batín rosa palo y que descansara de tanto vociferar sola, que parecía loca. ¿Qué palo? ¿Y por qué me insulta? Qué poca vergüenza. Bueno, pero es que no acabó ahí la cosa: que si me aburría, que me buscara un novio sin nietos y me fuera a jugar unos cartones al bingo. Y todo eso levantándome la voz, ¿eh?, que me dieron ganas de darle dos tortas.

Luego dicen “es que los vecinos no estáis por lo que tenéis que estar”, y también que no queremos darnos cuenta de las cosas que pasan dentro de los pisos hasta que llegan los disgustos y los de la tele preguntando todo el rato lo mismo. A mí, que me vengan a preguntar a mí, que yo hace tiempo que lo digo: esto no me huele nada bien, ¿a que sí, José Luis? … Y, manda leches, no me escucha nadie. 

Gràcies, Miquel
  Imagen: Dallo spioncino porta 6, Elena di Carlo.

Comentarios

  1. Que auténtico este relato!

    Quien más quien menos ha visto o tropezado con una vecina de estas, que haríamos sin esa vecina que cuida de nosotros, de nuestros hipotecados bienes y de nuestra moral!?

    Y que decir del pobre José Luis...!?

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Dani! La veritat és que no ha estat gens fàcil d'escriure, a més aquestes dones m'espanten... però reconec que m'he divertit fent-t'ho. Petó!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario